La mayor felicidad de la vida está en tener la paz. Cuando hay paz porque el cuerpo goza la salud y el corazón tranquilidad es el momento más feliz. Por esa razón la Biblia dice que el propósito de Dios para con los hombres es dar la paz. 

"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.” (Jr 29:11)

 

En el Antiguo Testamento la paz se dice shalóm. El shalóm es el bienestar que podemos gozar en todas las áreas de nuestra vida, la felicidad y la paz. Sólo Dios puede darnos una paz como esta. En Números 6:24-27 leemos la palabra de Dios dada a Moisés para enseñar la fórmula con que Aarón y sus hijos deben bendecir al pueblo.

"Jehová te bendiga, y te guarde;  

Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia;

Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz.

Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré.”

 

En el Nuevo Testamento la paz es eirene. Este término es expresado con distintos matices en la Biblia. En ocasiones como “reconciliación” y otras veces como “paz”.  En este sermón las expresiones como la reconciliación, la paz, el bienestar tienen el mismo significado.

En el mundo helénico el antónimo de la paz era la guerra. Hoy usamos distintas expresiones en contraste a la paz. Por ejemplo, los dolores de las enfermedades del cuerpo y la mente, la carencia, el temor y la inseguridad, la anarquía, la depresión, el conflicto, etc.

 

Si el pensamiento de Dios para con nosotros es la paz, primeramente debemos reconocer que no tenemos paz.

Dentro de nosotros hay intranquilidad que viene de nuestro interior. La codicia, la envidia y el celo, e iras que brotan por las heridas que no han sido sanadas nos intranquilizan. La depresión por nuestra debilidad y las enfermedades también nos quita la tranquilidad. La intranquilidad es causada también por las carencias que nunca se acaban. Las inseguridades desconocidas y los temores por las amenazas conocidas también nos intranquilizan. Los conflictos entre los hombres aumentan nuestras intranquilidades. Debemos reconocer que vivimos con todas estas intranquilidades en nuestro interior.

¿Por qué estas intranquilidades han entrado a nuestra vida? Dios nos habla a través del profeta Jeremías.

"Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua. (Jr. 2:13)

 

Pablo dice en el primer capítulo de la carta a los Romanos.

"Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.” (Rom 1:28-32) 

 

Si la causa de todas las intranquilidades personales y de la humanidad que sufrimos es porque el hombre se ha apartado de Dios, entonces sólo Dios puede restaurar nuestra paz.

El mundo no nos puede dar la paz. Eso es imposible. La paz es un don de Dios. Jesús dijo que él vino al mundo para darnos la paz.

"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Jn 14:27)

 

Pablo dijo "y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones” (Col 3:15) y en cuanto a Jesús, "él es nuestra paz. (Ef 2:14). Además escribió a los romanos: "justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo". (Rom 5:1).

En el texto que leímos hoy Pablo explica quién es Jesús y para qué vino al mundo. Jesús es eterno, es el Señor de la ceación y es en quién la creación entera subsiste y es la cabeza de la iglesia. Dios Padre envió a su Hijo al mundo con el nombre “Jesús” con el objeto de que “por medio de él (Jesús) reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su (de Jesús) cruz". Todo esto resultó ser bendición para nosotros. La intención del Dios Padre en enviar a su Hijo al mundo es clara. Es...

"Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él".

 

  Por ello Él envió a su Hijo al mundo, dejó morir y lo resuciró.

"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn 3:16)

 

¿Por qué Jesús tuvo que venir en “carne” al mundo? Jesús vino al mundo en cuerpo para ser crucificado, para derramar sangre y morir.

"Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión." (Heb 9:22)

 

  La primera alianza también se estableció con la sangre. La segunda alianza también debía de ser por medio de la sangre.

"Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Heb 9:13-14) 

 

 

 

La cruz es el evento en el cual nuestra muerte ha muerto por su muerte y por esa muerte nos ha dado la vida.

"sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (Rom 6:6)

 

En la cruz Jesús hizo la paz por nosotros. Trajo paz entre Dios y nosotros y nos reconcilió con él. Quien está reconciliado con Dios recibe la paz de Dios. Podemos gozar la ansiada paz. Y sólo quien se ha reconciliado con Dios puede tener paz con los demás y consigo mismo.

 

Pero, tenemos que dar un paso más. No basta con saber lo que Jesús hizo en la cruz. El cristianismo no es un simple concepto. El cristianismo es posible cuando hay un “encuentro” basado en la experiencia de tocar y sentir. Debo estar directamente conectado con la cruz de Cristo.

Pablo confiesa así:

"Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Gál 6:14)

 

Jesús dijo "vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso." Tenemos que acercarnos a Jesús. Una mujer que sufría flujo de sangre por 12 años. Ella sabía muy bien de su situación. Cuando escucho las noticias de Jesús ella tuvo fe. Dijo en su corazón: "si logro tocar siquiera su ropa, quedaré sana". Y acercándose a Jesús por detrás entre la multitud tocó el manto de Jesús. “Al instante cesó su hemorragia, y se dio cuenta de que su cuerpo había quedado libre de esa aflicción”.

En Lucas 6:19 dice "así que toda la gente procuraba tocarlo, porque de él salía poder que sanaba a todos".

Necesitamos tener encuentro con Jesús. Para salir de la intranquilidad y tener la paz necesitamos tener encuentros personales con Jesús. Y debemos seguir teniendo esos encuentros. Tenemos que caminar siempre con él. La sangre derramada por Jesús tiene que fluir en nosotros.

Es verdad que debemos comprender bien lo que significa el derramamiento de sangre de Jesús. Pero es insuficiente con sólo comprenderlo. Tenemos que sentirlo con el corazón. Hay que mirar la cruz con emoción. Tampoco podemos quedarnos ahí. Necesitamos una decisión, voluntad para quedarnos bajo la cruz. Tenemos que cargar la cruz y seguir a Jesús. Entonces la sangre de Jesús obrará en nosotros. Y así seremos sanados, tendremos la paz y habrá reconciliación con Dios.

 

[Conclusión]

Hoy es el domingo de ramos, la semana en la cual Jesús entró a la ciudad de Jerusalén para ser crucificado. Desde mañana pasaremos la semana recordando el sufrimiento de Jesús.

"Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros.” (Is 53:4-6) 

 

El Dios Padre envió al Dios Hijo para darnos la paz. El Dios Hijo se hizo un hombre y murió por nosotros en la cruz derramando sangre. El Espíritu Santo nos permite revivir esa experiencia hoy en nuestra vida.

Esa es la gracia de la cruz. Tenemos que estar firme con la fe en la preciosa sangre derramada en la cruz. Allí hay paz. Es allí donde se desaparecerán las intranquilidades.

Amados hermanos y hermanas, les bendigo en el nombre del Señor para que vivan en la gracia de la paz que sólo Dios puede darnos.